¡Hola, Monchisquad! Si hay algo que nos une como mexicanos es el amor por un buen antojito callejero. Ese que te comes de pie, con el plato en una mano y el refresco en la otra, mientras el mundo sigue su curso. Y en el olimpo de esos manjares, hay uno que brilla con una luz rojiza y deliciosa: el pambazo. ❤️‍🔥

Pero, ¿alguna vez te has preguntado de dónde viene esta maravilla? ¿Por qué ese pan suavecito se baña en chile guajillo y se rellena con papitas con chorizo? Pues agárrate, porque la historia del pambazo es un viaje digno de una serie de época, con emperadores, volcanes y, por supuesto, mucho sabor.

Si las tortas fueran una familia, el pambazo sería el primo que siempre llega tarde a la fiesta porque se quedó "arreglando" el look. Y qué look: un pan completamente sumergido en adobo de chile guajillo, pasado por aceite hasta quedar crujiente por fuera y suave por dentro.

¿Pan de la realeza o del pueblo? La leyenda imperial

Empecemos con el chismecito histórico, el que suena a cuento de hadas. La leyenda más glamorosa nos transporta al Segundo Imperio Mexicano, allá por 1860. Se dice que el emperador Maximiliano de Habsburgo y su esposa, la emperatriz Carlota, andaban de viaje por Veracruz.

Al pasar cerca de Orizaba, Carlota quedó absolutamente maravillada con la majestuosidad del volcán Pico de Orizaba. Tanto así, que le pidió a su chef personal, un tal Josef Tüdös, que creara un platillo en honor a esa montaña imponente. El chef, ni tardo ni perezoso, se inspiró y creó un pan ovalado y suave, que representaba la forma del volcán, y lo espolvoreó con harina para simular la nieve de la cima. ¡Qué detalle! ✨

Ese primer pambazo, el "pambazo veracruzano", no estaba bañado en salsa. Era un pan más sencillo, relleno de frijoles negros, chorizo y queso, a veces con un toque de chipotle. Una delicia, sí, pero muy diferente al que reina en el centro del país. Así que, según esta versión, el pambazo nació con sangre azul.

La verdad está en la masa: El origen humilde del "Pan Basso"

Ahora, bajemos del carruaje imperial y pongamos los pies en la tierra, porque la historia más aceptada es mucho más humilde y, sinceramente, más nuestra. El nombre "pambazo" en realidad proviene de la contracción de "pan basso" o "pan bajo".

Durante la época virreinal, el pan era un alimento básico, pero no todo era igual. Existía el "pan floreado", hecho con la mejor harina de trigo, la más blanca y fina, destinada a los virreyes, los obispos y la clase alta. Y luego estaba el "pan basso", hecho con los restos del cernido, una harina más oscura y de menor calidad, que era mucho más barata y accesible para el pueblo.

Este "pan bajo" era el pan de todos los días para la mayoría de la gente. Era económico, llenador y perfecto para acompañar cualquier guisado. No tenía la corteza crujiente de un bolillo, era más bien suave y poroso. Esa porosidad, amigos míos, sería la clave de su glorioso futuro. 😉

De Veracruz a la CDMX: La transformación en una bomba de sabor 🌶️

Entonces, ¿cómo pasamos de un pan humilde a la joya callejera que conocemos y amamos hoy en la Ciudad de México y sus alrededores? Aquí es donde la magia ocurre.

Alguien, en algún momento de genialidad culinaria, se dio cuenta de que la textura esponjosa y porosa del pambazo era perfecta para absorber líquidos. ¿Y qué líquido es más sagrado en nuestra cocina que una buena salsa de chile? Se eligió el chile guajillo, que le da ese color rojo espectacular y un sabor profundo, ahumado y picosito pero no agresivo.

El proceso se volvió un ritual: el pan se sumerge generosamente en la salsa de guajillo hasta quedar bien empapado. Luego, se pasa a un comal o sartén con un poco de aceite o manteca caliente. Ese es el momento clave: el pambazo se fríe lentamente, creando una costra doradita y ligeramente crujiente por fuera, mientras que por dentro se mantiene suave y jugoso. ¡El sonido y el olor de un pambazo en el comal es poesía pura!

Y el relleno... ah, el relleno. La combinación clásica e insuperable de papas cocidas y desmoronadas, guisadas con chorizo mexicano, es el corazón del pambazo chilango. Una mezcla grasosita, especiada y reconfortante que te abraza el alma.

El toque final es la "verdura": se abre el pambazo ya frito y se le pone una capa de lechuga fresca, crema ácida y queso rallado (añejo o fresco, según el puesto). Una combinación que refresca y complementa la intensidad del chile y el chorizo.

El pambazo hoy: Un clásico que se niega a morir

Hoy en día, el pambazo es un ícono indiscutible de la comida callejera mexicana. Es el rey de las kermeses, las ferias de pueblo y los puestos de antojitos nocturnos. Es esa comida que te mancha los dedos y la cara, y no te importa en lo más mínimo porque la felicidad que provoca lo vale todo.

Aunque el de papa con chorizo es el rey, la creatividad mexicana no tiene límites. Ya puedes encontrar pambazos rellenos de tinga, de chicharrón en salsa verde, de carnitas, de cochinita pibil e incluso opciones vegetarianas. Cada uno con su encanto, pero todos partiendo de la misma base gloriosa: un pan suave, bañado en salsa y frito a la perfección.

Así que la próxima vez que muerdas un pambazo, recuerda su increíble viaje: de ser un pan para el pueblo o un capricho de una emperatriz, a convertirse en una bomba de sabor que nos representa y nos une. ¡Qué chulada!

Si toda esta plática ya te hizo salivar y te despertó un antojo feroz (y sabemos que sí), no te quedes con las ganas. Ya sea que creas en la leyenda imperial o en su origen popular, el pambazo es una experiencia que tienes que vivir. Y para eso está Monchis. Entra a nuestro directorio, explora las opciones y encuentra los mejores pambazos cerca de ti. ¡Descubre tu próximo lugar favorito y lánzate a la conquista de este manjar!

Tip Monchis: El mejor pambazo es el que te deja los dedos pintados de rojo. Si no te manchas, ¿realmente te lo comiste?